«Solo…
me quedaré solo
y solo, continuaré».
Decía aquella canción
de la época de los enamorados
mientras llenaba el jarrón de pétalos apagados,
de ninfas sordas de hastío,
de noches de luna hueca,
de prisa en vez de las flores,
que relucían mi mueca.
Ese jarrón otrora lleno de recuerdos
que, sin saber por qué,
se quedó yermo,
se vestía de noches apagadas
y disfrazó a la amada de luz decepcionada.
Aquella mansión de los regazos
que se perdió sin un abrazo,
aquella vida llena de ternura
que en un reproche de sazón
se quedó a oscuras.
Aquellos ojos llenos de tristeza
que rechinaban en canciones,
aquella mueca de locura
que por enésima vez
«se le apagó la luz».
Aquella desazón que ilusionaba
con reconciliar el alma herida,
aquella sedación que producía
el hueco de tu amor,
la llaga de mi herida.
Estando como estoy, otra vez muerto,
y a pocas lunas de la luz del día,
me sale esta canción,
del corazón abierto
en esta noche de calor
que para mí, se tornó fría.
J. Cruz, 2012
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