Doce campanadas, doce al año renacido… a la fuerte alegría de llegar, de sobrevivir al invierno. A doce campanadas y, unas horas, de un triste aniversario que por triste me llena el alma de vacío.
Apenas que dos lunas me separan de aquel día que en horas semejantes a las que ahora corren, me llamaron para darme la noticia, él, el coautor de cada una de mis obras, el inductor de los sueños rotos, el progenitor del duende que os escribe, cruzó la línea de la noche serena y pasó a pertenecer al brillo de las estrellas.
Se fue, y el helado viento del norte cubrió de golpe el plácido rincón donde habitaba.
Solo quiero dedicar mi pensamiento a su recuerdo, ese que me envuelve día a día, que modificó para siempre mi forma de ver las cosas, y por si algo me quedaba por elogiar de su “arte”, me dejó el desliz de su mirada en una cruel fotografía.
Apenas si fue ayer, que las noches siempre tienen una estrella protectora, que la oscuridad no puede hacer mella en mi corazón sin que él la alumbre.
Apenas unas lunas, el ayer y el hoy; también los pocos días que quedan para la fecha de su vuelo están llenos de su aroma; no ese que tantos «disfrutaron» y que en algunas ocasiones hasta a mí me confundió, sino el que me tendió la manta de protección aun cuando yo no la quería, y que aún hoy me arropa en las noches frías. Te hago un homenaje, a ti, a tu recuerdo, a tu risa rota, a la tortura que te tocó en suerte y que, he de confesar, cada día veo más clara. Te hablo a ti, y para ti, por ti en mi añoranza, recorren las laderas de mi faz las humedades de mi pena, te quiero, Papá.
J. Cruz, 2009
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