Psicosis WhatsAPP Capítulo I

Publicado: 12 julio, 2026 en libros, Psicosis WhatsAPP

 

Este debería haber sido un corto viaje de apenas dos o tres semanas. Acababan las Navidades de 2016; la instalación de aquel Parque Eólico de Jandaira había dado algunos fallos en las pruebas finales, por lo que, recibí el encargo de volver a detectarlos y repararlos. Ese fin de semana, mi malogrado estómago me gastó una mala pasada, jueves y sábado estuve ingresado en el Hospital Provincial, debido a unas dolencias que; aquel joven doctor de guardia, con apariencia aria, enunciaba en su parte médico como “ligera esofagitis”, por lo que, a pesar de la opinión contraria de mi familia, decidí efectuar este viaje. A Sara nunca le gustaron las despedidas, es más, la distancia la trastornaba aumentando su inseguridad; por ello no entró al aeropuerto, me dejó como siempre en la puerta y tras un tímido beso, desapareció conduciendo el Renault Clio azul de Lara.

El vuelo a Lisboa salía a las 12,05, serían sobre diez de la mañana cuando Sara me dejaba en la puerta del aeropuerto de Valencia. Me dirigía a las oficinas de la TAP, estaban a la izquierda de la puerta de entrada, me apresuré con el fin de liberarme del equipaje; únicamente llevaba una maleta casi vacía para cargarla en el viaje de vuelta, con el bagaje que dejamos por recoger en João Cámara. Apenas habían pasado tres semanas que llegamos de Natal para pasar las vacaciones navideñas en casa. Sorprendentemente, el aeropuerto estaba más concurrido que nunca, la gente se agolpaba en largas colas en casi todas las dependencias de los vuelos.

La TAP era uno de los más solicitados, su espacio, acordonado por cintas delimitaba el turno, ocupando casi todo el recinto, dejando solo un pequeño pasillo a modo de andador; era la primera vez que lo veía tan lleno. El gentío se agolpaba entre maletas y objetos diversos; niños, señoras, maletas, mochilas, de los más variopintos colores se mezclaban en aquella paleta viajera. Por fin, quiso la suerte aliarse conmigo cuando aquella señorita me llamó, “por aquí”, dijo escuetamente; me atendió con una eficiencia y cordialidad casi inusuales. Acabó el registro, facturó la maleta y me puso los pasajes en la mano; mientras, gesticulaba dirigiéndose al señor que estaba detrás de mí, como unas señales que no entendí. Salía de aquella cola interminable tratando de localizar la puerta de embarque, aunque primero debía pasar por el riguroso registro policial.

Curiosamente aquel tipo no se separaba de mí, siguiéndome como distraído a tres o cuatro pasos de distancia. Lucía un largo y vistoso abrigo de paño gris del que sobresalían; pantalones oscuros, zapatos Martens de color marrón y un sombrero de ala, a juego. Me sorprendió que no facturara ningún equipaje, únicamente llevaba un maletín tipo portafolio color marrón rojizo, que apretaba en su mano, en la que resaltaba un enorme reloj con los dígitos horarios ciertamente visibles. Sin darle más importancia, seguí mi camino. En la estancia de espera al registro policial, la cola se escribía con mayúsculas; tres filas de entrada, espacio para los contenedores, señoritas indicando por todos lados. La gente; se desvestía, descalzaba, sacaba botes o artículos prohibidos por sus medidas; todo tipo de enseres diversos convertían el espacio, en un auténtico bazar Top Manta. Aquello parecía uno de los mercados callejeros de Estambul, donde uno puede encontrar de todo en cualquier sitio.

Observé entre el gentío, que dos hombres de clara gabardina y gafas oscuras acechaban, mientras mi perseguidor parecía querer pasar inadvertido ajustándose el sombrero. Se había ubicado junto a mí, en aquella cola interminable e incluso me gesticuló referenciando el tiempo de espera que pasaríamos allí. El individuo en cuestión; hombretón de dos metros, casi albino y agraciado en su sonrisa, parecía un tipo simpático.

No sé cómo, pero al fin me tocaba entrar; entregué mi mochila, destripé la funda de mi ordenador para sacarlo a una cubeta; los móviles a otra; reloj, pasaportes y demás abalorios ocupaban otro recipiente, y así sucesivamente, hasta convertir un ligero equipaje de mano en un tren de mercancías de cubetas que entraban, una detrás de la otra, por aquella máquina de inspección policial. No tuve problemas, mi vestimenta más bien veraniega, no precisaba de cintos ni botas por lo que pasé aquel control sin ningún problema, más allá de los tropezones con los trastos que los viajeros iban dejando en su camino, siguiendo las órdenes de quienes organizaban aquel caos.

De repente, se formó un revuelo en el control de entrada. La alarma de detección de metales, se disparó cuando pasaba mi seguidor por registro de inspección. Los dos tipos de la gabardina beige, saltaron las cintas que remarcaban el turno y empujando literalmente a la gente, corrieron hacia nuestra posición. Mi improvisado acompañante, al comprobar la acción de los perseguidores, apresó a la policía que le retenía; el gentío desorientado, miraba aquella escena con escepticismo y cierto pavor. El hombre del abrigo, soltó bruscamente a la policía que cayó al suelo, comenzando la huida. La zancada de aquel tipo era verdaderamente fantástica, por lo que en unos pasos, consiguió llegar al fondo del área destinada a los registros, donde volcó una mesa que le serviría de parapeto mientras sacaba un revolver, comenzando el tiroteo. La gente se dispersó rápidamente entre empujones y gritos, produciéndose un alboroto en el que unos caían mientras otros, en su despavorida carrera, pasaban por encima de quien tuviera la desventura de caer al piso. Un niño venía llorando hacia mi posición, por lo que sin pensarlo me agaché rodando por las baldosas hasta conseguir envolverle con mi cuerpo, arrastrándole hasta debajo de una mesa donde estaría más seguro. Los dos hombres de la gabardina beige, se refugiaron detrás de una de las máquinas de control de la entrada, respondiendo a los disparos del hombretón; el escandaloso silbido de los proyectiles sembró el pánico en breves instantes, sin embargo, la profesionalidad de aquellos agentes de la gabardina beige, era evidente, en tres o cuatro movimientos habían conseguido abrir un fuego cruzado, hasta que aquel hombre del sombrero se desplomara en el suelo, esparciendo sobre las brillantes baldosas, un gran reloj digital que cambiaba intermitentemente sus grandes dígitos horarios, el sombrero, que descubría una pulida calva y el maletín marrón que se abrió con el golpe. De él asomaron unas carpetas a modo de informes, en el que, resaltaba uno de ellos en el que pude llegar a leer la inscripción S.A.R.A.H.

Uno de nuestros predadores, con su arma en la mano recorrió en cuatro pasos la estancia, llegando al punto exacto donde de un certero tiro en al corazón dejó al agresor de la guardia de registro sin vida; cayendo después en un estrepitoso vaivén. Es difícil de creer; sin embargo, el desgraciado, muerto en el suelo lucía una sonrisa, que solo poseen aquellos que son felices. La estampa era de la más clásica novela policiaca, solo le faltaban las marcas de tiza, que recalcan la posición de caída del finado en los relatos de Agatha Christie.

El alboroto era mayúsculo, las gentes despavoridas corrían sin control por toda la estancia que, con el sonido de los disparos, se fue llenando de policías que se repartían; unos acordonando al muerto, otros hablando con los cazadores de rostro impávido y gafas oscuras que mostraron sus credenciales y los más, intentando controlar al gentío que corría despavorido por la estancia entre gritos y empujones. Me mantuve agachado debajo de una de las mesas llenas de bandejas, abrazando a aquel menor que me miraba con gesto de estar viendo a un héroe. Había conseguido zafarme, cubriendo al muchacho, debajo de la mesa donde estaba colocando mis enseres después del paso del control policial, mientras se produjo aquella fatal escena.

Una policía se acercó con gesto amenazante, invitándome a que saliera de mi escondite, resbalé hasta conseguir salir de debajo de la mesa, procurando no asustar al pequeño. Me incorporé mientras una señora se acercaba a toda prisa gritando el nombre del pequeño, hasta que llegando a mi posición, lo puse en sus brazos. La mujer, lo abrazó dedicándome una de esas miradas que jamás se olvidan, mostrándome su agradecimiento, se alejó saliendo del gran salón donde nos encontrábamos.

La agente de policía insistió en que la siguiera, llevándome a un cuartucho adjunto donde me cachearon e interrogaron, entendiendo seguramente que por la cercanía, tenía algo que ver con el tipo del abrigo de paño gris. Después de la negativa a su suposición; hicieron copia del pasaporte, justificante de vuelo y dirección en España y Brasil. Sin más motivo para retenerme, dejaron que me fuera. Lo que más me extrañó durante el interrogatorio, fue que me pasaran aquel detector de color morado que se encendía y apagaba, mientras lo deslizaban sobre una especie de gel que habían extendido en mi estómago. Los dos hombres de la gabardina, miraban atentamente el resultado de la pesquisa con el tal detector, que al parecer no encontró lo que buscaran en mí. El incidente, apenas me había retrasado una media hora, la policía en este caso, restituyó rápidamente el orden.

Dejando atrás el incidente y mucho más tranquilo, con tiempo de sobra por delante, paseé el aeropuerto por la parte nueva. Un elenco de firmas orlaba los espacios abiertos por la derecha, mientras por la parte izquierda, los ventanales dejaban entrar la brillante luz reflejada en las pistas de aterrizaje.

Casi llegaba a la puerta de embarque, cuando el sonido particular del celular, anunciaba la entrada de un Whatsapp.

Era Sara;

10,46   Lalo me dice Sergio, que a qué hora embarcas, van al aeropuerto.

10,47               Dile que ya he pasado el control de la policía, no pueden verme a través del cristal.

10,55   Querían ir, aunque supongo no irán.

10,56              Estoy hablando con Érika, ya no merece la pena que vengan, no podremos hablar.

11,05   ¿Aún no embarcas?         ¡Ay!…

11,06               No, no ha llegado el avión todavía.

Me senté en una silla del bar que hay en el salón de embarque, pedí un agua con gas, mientras seguía atento a la conversación con Sara. Hacía frío dentro del aeropuerto a pesar de ser una mañana de lo más templada, hube de cubrirme con el polar rojo que llevaba por si acaso. Era extraño que, conociendo el gentío que se concentra en las puertas de entrada, aquella sala estuviera casi vacía. El bar solamente lo habitábamos la camarera, un estudiante y yo. El incidente, debía haber retrasado a los usuarios, por lo que el salón donde se ubican las puertas de embarque estaba tan despejado.

11,09   ¿Estás tomando algo?

11,09               Si, agua con gas, hoy había mucha gente.                 

11,10   ¿Sois muchos?

11,10               De momento no hay nadie en la puerta de embarque.

11,10   ¡A ver si vas solo!

11,10               No creo, ¿Estás bien?

11,11   Bueno, sí.

11,11               Contaremos los días.

11,12   Pues sí.

11,13   Me ha llamado Lara.

11,13               ¿Qué dice?

11,14   Pues lo que todos, por qué te has ido así, cómo has pasado la noche y cómo estoy yo.

11,15               ¿Ya, empiezas?

11,16   No, no.

11,16              Voy a pagar el agua, ¡espera!

Caminé hasta la caja; la muchacha que atendía el local frotaba un trapo húmedo por los mostradores, al ritmo frenético de una especie de ritual repetitivo. Llevaba unos auriculares calzados en los tímpanos y el móvil tan alto, que podía adivinar el soniquete ácido de una noche de Bacalao en una de nuestras macro discos al uso, ubicadas en la carretera del Saler. Evidentemente, no adivinaría mi intención de pagarle el agua, hasta pasadas dos o tres vueltas de paño. Al denotar mi presencia e insistencia por saldar la deuda; se me acercó, asintió con la cabeza, frunció el ceño y con la mano alzada levantó dos dedos al aire, cubiertos de unos raídos guantes de color negro. Adiviné entonces que el importe a pagar era de dos euros, los saqué de mi cartera y ávidamente los coloqué en el cuenco que, aquella joven, había hecho con la mano derecha. Levanté la mano a modo de despedida real, me volví, y recorrí aquel salón hasta mi puerta de embarque.

Todo esto, sin dejar de pensar en aquel hombretón de abrigo gris y sombrero a juego y evidentemente sin perder la conversación con Sara, que demandaba mi atención constantemente. Antes de llegar a mi asiento, hacía sonar de nuevo el timbre del móvil:

11,19   ¿Hace calor ahí?

11,23               No, hoy no.

11,23   No vayas a coger frío.

11,23               Ha llegado el avión.

11,24   ¿Es grande?

11,24               Como el último, es muy canijo.

11,29   Bueno, no veo tu estado en el móvil.

11,29               ¿Qué es eso?

11,30   Pues, que solo veo cuando escribes.

11,30               Y eso, ¿qué significa?

11,30   ¡Ay!… con lo que tú sabes.

11,31               De eso nada…

Recorría el espacio que quedaba hasta un banco que estaba vacío cerca de la puerta 52, mi puerta de embarque. La estancia se fue llenando según se acercaba la hora de salida. Algunos pasajeros se apilaban en corrillos comentando el lance de la entrada. Tal vez, me marcaba el recuerdo de la imagen de los dos hombres altos con gabardina beige, el caso es que me parecía ver gente siguiéndome o pendiente de mí por todos lados. El incidente me había producido una paranoia de la que no conseguía librarme, haciéndome sentir verdaderamente incómodo.

El viaje, como casi siempre, tenía una escala en Portugal de casi seis horas que lo hacía francamente fastidioso. En realidad de vuelo solamente una hora y cuarenta minutos a Lisboa; a las que habría que añadir siete horas y treinta minutos hasta llegar a Natal, que se convertían en quince o diez y seis sumando los dichosos periodos de escala en el país luso.

Recuerdo que, en alguno de mis viajes de vuelta la escala llegó a ser de nueve horas, que aproveché para recorrer Lisboa. Visité el castillo de San Jorge, antiguamente Castillo dos Muros, encaramado en la cima de la colina más alta de la urbe; cruzando el Arco de San Jorge paseaba sus afamados jardines hasta subir a la Torre de Ulises, llamada así por una antigua relación entre el héroe griego y la ciudad de Lisboa. Descendía después por aquellas calles estrechas por donde se deslizaba el tranvía, símbolo turístico de la localidad. Un camino lleno de recovecos y escalinatas, de balcones y terrazas con vistas al mar. Cuando hube bajado la larga cuesta del castillo, descubriría la Plaza de Comercio, una esplendorosa ronda con vistas al mar, paseo y punto de reunión de caminantes y grupos turísticos. Resaltaba en el centro de la plaza; la estatua de José I, a caballo; a su espalda, el Arco de Triunfo de la célebre Vía Augusta. Deambulé por la costa hasta llegar a la Torre de Belem, ubicada en la misma desembocadura del río Tajo. Había dejado atrás el Monasterio de los Jerónimos perfectamente conservado después de sus quinientos años de existencia; donde, recorrí sus salones; ascendí a las torres, atravesé las salas, transité el patio y disfruté fotografiando sus vistas y cañones. Fue un regalo aquel puente aéreo; he de repetir ese viaje, perderme por las callejuelas de la Lisboa antigua y señorial disfrutando de su riqueza culinaria. ¡Cuántas historias!, como la sucedida en aquel día, tendrían que contar aquellas piedras en sus siglos de existencia.

El salón de embarque se había ido llenando, mientras yo, distraído entre mis recuerdos y la conversación con Sara, no me había apercibido.

Al llegar a un asiento vacío:

11,35   ¿No te duele nada?

11,35               No, solo tengo sueño.

11,36   Cuando llegues a Lisboa, come algo.

11,36               Veremos cómo se comporta mi estómago…

11,36   En el avión ese…  ¿dan algo de comer?

11,38               Sí, un emparedado.

11,40   Te puede sentar mal…

11,45               Por aquí ya están llamando Sara.

11,46   ¡Uy!

11,47               Ya llaman a embarcar.

11,48   Vale, luego hablamos.

Me acomodaba en el estrecho asiento de aquella nave, que más bien parecía por su tamaño una atracción de la Feria de Julio, cuando abrochando el cinturón quedé apresado en aquel infame y diminuto espacio disponiéndome para el vuelo. Lo primero que hago al subir a un avión es cambiar la hora de mi reloj fijando la del país de llegada, con el fin de no liarme luego con los trasbordos y demás trasiegos aeroportuarios, en las llamadas a los diferentes vuelos posteriores.

El trayecto duró una hora y cuarenta minutos; se me hizo corto, entretenido con el pasaje de la vuelta de Quijano a su casa lleno de heridas y agravios; donde, mientras convalecía, la sobrina, el cura y el barbero tiraban al patio, para su posterior quema, los incontables libros de caballerías de que disponía el afamado “Caballero de la Triste Figura”, aludiendo, la locura del jinete a la lectura demoníaca de los mismos. Me sorprendió, la mención hecha de Cervantes al Ícono de nuestra lengua valenciana, “Tirant lo Blanc”, alabándolo como el mejor y más veraz libro de caballerías jamás escrito.

Bajando del incomodo avión que me llevó a Lisboa, y sin darme tiempo a mayor respiro:

13,03   ¿Cómo vas?

13,08               Ya estoy en la pista del aeropuerto.

13,09   ¿Vas a comer algo?

13,09               Sí, es el último atisbo de civilización que voy a ver, me apetece algo caliente.

13,19   ¿El vuelo bien?

13,19               Sí, cuatro capítulos del Quijote, subiendo y bajando.

13,20   Hace muchísimo aire aquí.

13,25   Ahí…  ¿Son las 13,25?

13,25               Ta…

13,26   Ya empezamos con las horas.

13,26               Me he liado hasta yo, por eso he puesto el reloj.

13,26   Pues sí, a ver si vas a perder el avión…

13,27               No

13,27   ¿Te duele el estómago?

13,27               No

13,27   Mejor…

13,27               Molesta, pero no duele

13,27   Todo el mundo me está preguntado, ¿cómo es que te habías ido?

Recorrí los diversos locales de comida del aeropuerto. Buscaba algo caliente y ligero, que mi estómago pudiera digerir sin demasiados problemas, pues aún sentía molestias que anunciaban y advertían que no debía pasarme con las comidas. En uno de los restaurantes anunciaban como prodigio culinario un condumio que llamaba Sopa Verde, a base de patata y couve (especie de col, apreciada en el país). Entendí que aquella Sopa Verde sería lo más ligero y caliente que podría digerir, opté por intentar disfrazar su sabor insulso a base de golpes de salero. Era un mejunje caldoso aunque consistente, de color efectivamente verde. Denotaba el aroma de la col, remarcando con sutileza los gases que podría producir tal caldereta; no obstante, a pesar de las apariencias, acerté en la tentativa y aquel comistrajo, se asentó ciertamente bien en mi maltrecho aparato digestivo. No saciado, busqué algún otro tentempié, acercándome hasta una cafetería que mostraba unas tostadas de aspecto espectacular; sin dejarme tentar en exceso por las tan suculentas viandas elegí un entrepan de tomate y queso blanco, que regué con unas gotitas de un delicioso aceite de oliva. Un té de camomila, dulcificado con unas gotitas de Marata “adoçante[1] líquido”, rezaba la etiqueta, alivió determinantemente mi gazuza[2], dejándome dispuesto a seguir mi paseo aeroportuario cuando sonaba el chirrido avisador del celular, entraba un nuevo mensaje de Sara:

15,07   ¿Qué Haces?

15,07              Buscando un enchufe que funcione, menos mal que he cogido la batería blanca, que me regalaste.

15,08   Hay varios en la sala de espera.

15,10               No sé, será el cargador, ¡ya veremos!

15,11   ¿Es el cargador negro?

15,11               Sí.

15,11   Pues hasta ayer iba.

15,15   ¿Tienes sueño?

15,15               Ahora no, he de buscar un enchufe que funcione…

15,20   Se ha puesto a llover, está todo gris.

15,21               Aquí, también está lloviendo.

15,30   Te quedan dos  horas y media para el vuelo.

15,23              Tres y media, que aquí es una hora menos.

15,24   Dichoso horario…

15,24               Sí… Tienes razón.

Me perdía entonces en un monólogo de dispares comentarios, refiriéndome a lo mal que cuidan los gerentes de los aeropuertos a sus clientes. Sobre todo, en lo que se refiere a tomas de corriente; los viajeros, con sus aparatos electrónicos en mano, se devanaban por encontrar una fuente de energía con que cargar sus medios de comunicación con el exterior. Los ojos se tornaban en una especie de cámara espía, hurgando con la mirada los gestos y recorridos del resto de pasajeros, siempre en busca del preciado tesoro; una simple toma de corriente.

15,59   ¿Vas a dormir?

16,00              A ver si puedo

16,01   Descansa, luego hablamos otro ratito.

16,01               Te quiero

16,02   Y yo a ti…

No podía dejar de pensar en el incidente de la entrada, que además no debía contar a Sara, pues su preocupación aumentaría y eso no podía permitírmelo. Aquel hombre, parecía que me siguiera, tal vez se encubría conmigo de aquellos que le acosaban. Jamás me había visto envuelto en tal hazaña. Seguramente influido por la acción del incidente, sin poder asegurarlo, presentía que me observaban; una extraña sensación me invadía, continuamente me sentía vigilado; en cada esquina, en los pasillos, en el bar, siempre encontraba alguien que me parecía se estaba fijando en mis movimientos, lo cual me enervaba enormemente.

17,01   ¿Cómo vas?                                                             

17,03               Bueno, conseguí descansar un rato.

17,03   ¿Estabas durmiendo?

17,03               No, he venido a echar un cigarro.

17,04   Te echo de menos…

17,20   ¿Cómo vas?

17,20               Hace mucho frío…

17,20   Dentro del aeropuerto, no es muy normal.

17,20               Hace hasta viento, no sé por qué.

17,21   Pues sí, es raro.

17,21               Está diluviando

17,21   A ver si anulan el vuelo…

17,21               No lo creo.

17,47   Bueno…

17,50               Cielo, voy a cortar y a buscar mi puerta.

17,50   Ok

De nuevo recorrí aquellos pasillos; firmas comerciales por doquier, gente de un lado para otro, voces anunciando las diversas salidas, grandes murales que enumeraban los vuelos. Me perdí en el Dutti, buscando una botella de ginebra; en João Cámara no dispensan ese tipo de alcohol y tenía por costumbre, al terminar de trabajar, relajarme tomándome un trago. En el bazar; chocolates, tabaco, perfumes, bebidas, recuerdos, viandas diversas y todo tipo de enseres, que podían haber hecho el gozo de cualquier aficionado a las compras, se exhibían a un precio relativamente razonable. No encontré ginebra de una marca que me convenciera, así que no compre nada. Apenas recorrí los recovecos del almacén, para hacer tiempo. Poco a poco, fui descubriendo los entresijos de aquel aeródromo internacional, hasta llegar a la puerta de embarque. El recorrido desde la plaza donde se ubicaban los restaurantes hasta la puerta de salida, era un buen paseo, que me llevo una media hora. Eso sí, totalmente tranquilo, a mi paso, distrayendo la vista a cada ocasión que me propusiese el panorama.                                                                                

17,55   ¿Estas bien?

17,55               Sí, muy bien.   Y tú… ¿Cómo estás?

17,56   Tristona, pero bien.

17,56               ¡Ánimo, amor!

17,56   Sí…

18,08   Qué lio, Brasil…

18,08               Ya se están poniendo en cola.

18,08   Falta una hora.

18,08               Hoy, va hasta la bandera.

18,16   ¿Ya?

18,16               Están abriendo las puertas para embarcar

18,16   Bueno, ¿ya estás en la cola?

18,16               No, ¿para qué?, Iré cuando queden pocos.

18,17   Mejor

Esperé unos turnos, hasta que repasaron mis documentos a la entrada de la pasarela de la nave. Desfilaba, tras la cola que se había dispuesto para ordenar la entrada, peregrinando aquel pasillo sembrado de poltronas, llegue hasta mi asiento:

18,35   ¿Ya entras?            

18,37               Sí, de momento nadie a mi lado.

18,37   Buen viaje, te quiero.             

18,38               Gracias amor, ya te echo de menos.

18,38   Y yo.

18,38               No me olvides.

18,50   Hablaremos cada día.

18,50               Claro que hablaremos, no te vas a librar de mi tan fácil.

18,50   No quiero librarme.                    

19,00   ¡Ay!

19,00               Ánimo, amor, que no hay suficiente Brasil, para acabar conmigo.

19,01   Eso espero                 

19,01               Se mueve esto mi a amor, hasta pronto.     

19,02   Hasta pronto…  

La nave, se dirigía lenta hacia la pista de despegue. El revuelo lógico que a la entrada se manifestaba en una algarabía de gentes, maletas, bolsas de mano, y demás enseres, cubriendo un abanico inmenso de formas y colores que recorrían aquellos pasillos, se había tornado en un silencio sepulcral, dejando el espacio sonoro, exclusivamente a los bramidos propios de aquel pájaro metálico, que nos habría de remontar por encima de las nubes a cruzar el Atlántico, para llegar a las costas brasileñas de Natal. Apenas siete horas y media, nos separaban en aquel trance viajero. En tan breve espacio de tiempo, habríamos emulado los transatlánticos viajes pioneros de Cortés o de Colón, que en aquellos cascarones a modo de carabela, parece tardaban en la travesía más de tres meses.


[1] Endulzante

[2] Hambre

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