Tú…
hembra de una especie que se rige
por senderos de la mente, te disocias
y te guías por instintos naturales, apartando para otros
la rutina.
Tú…
entrelazas el averno a lo divino y no se nota.
Una faz inteligentemente
opuesta a formas e intereses de las cosas,
se dibuja en tu apatía y confundes a cualquiera
que asumiera la osadía de estudiarte.
Tú…
sumida a voluntades tan distintas de tus fueros,
conviviste, con aquel que hacía suya
la proeza de turbarte.
Y, ahora,
a mil siglos y segundos
te despiertas,
arremetes contra todo
y te eximes de la jaula que supuso
tu experiencia.
J. Cruz, 1986