Tanda de mentiras…

Cae la tarde de este otoño que amanecía verano, caen las hojas y, por primera vez, aquí, en mi tierra, aparecen las tormentas de repente. Las llamadas gotas frías se enfurecen y asolan los parajes. Los chubascos hunden los caminos y las casas, los riachuelos se renombran arrebatos del tormento. Se deslucen los portales de basuras apiladas, mientras los niños lloran atenazados por el miedo.

Huele a muerte, huele a frío; los barrancos inundados nos recuerdan los deberes que no hicimos y los campos anegados se disfrazan de lagos y lodazales. No aprendemos; la ignominia financiera nos delata. Cada uno esconde su tintero y la pluma ha de llenarse de otra tinta, con la harina de otro costal, que diría el costalero. No aprendemos, se nos llena la boca de palabros grandilocuentes, de mentiras absolutas. Seguimos edificando en los barrancos, matamos el ambiente con desechos, chimeneas con humo corrosivo que matan el aire.

Las colmenas se vacían y las flores no se polinizan, el aroma de cereza ya no existe, las manzanas se secan y se mueren los colores. La risa que sucumbe al disloque de los sueños te lleva al desencanto. No nos queda casi agua, los estanques se secan en el luto lúgubre del tiempo.

Hoy se vota, los artífices del miedo se presentan a las urnas. Unos se perfilan de derechas y los otros son de izquierdas, mientras en el centro se reparte la brecha del desahucio: tiendas de campaña en las plazas y fuentes disfrazadas de piscinas. Todo huele: los comercios que no venden, las muchachas que no pasan; huele a muerte.

Nos quedamos sin titanes de película y aparecen los duendes de lo oscuro, que se jactan de estar en el lado bueno de la historia, y los otros lo debaten. Mientras tanto, se visten de luces para salir al ruedo. ¿Y qué pasa con la sanidad, la educación, la vivienda, el desempleo, las pensiones, la cesta de la compra…? Estos, entre otros asuntos, se esconden siempre detrás de sus palabras huecas. Pero… ¿y la gente? ¿Le importa a alguien el abuelo en gabardina, la mujer con su carrito de la compra, el niño con mochila camino del colegio? ¿Alguno de esos cabecillas de la muerte piensa en ellos? ¿Alguno despejará su camino y alejará sus miedos? Probablemente no; no podemos pretender ese tipo de milagros. Esperemos, al menos, que mañana salga bueno.

J. Cruz

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