No eres tú, Señor
no eres tú, que son sus ojos
los que rompen mi silencio
y me hacen sospechar
el quejido del desierto.
Y no soy yo, mi amor,
que no soy yo…
quien te arranca de mis manos
y te aleja.
Es la suerte del destino
que se cobra mis desmanes
y me besa
con los labios de tu madre
consentidos.
No eres tú, sol
que no eres tú…
que son tres años de una voz
que se me aleja
que me hiere con su ausencia.
Y no…
no eres tú,
que es el fruto de tu vientre
el que me pesa.
J. Cruz, 1980