A Lola…

De entre la savia de las antiguas secuoyas,
latiendo la risa de sus labios rojos,
durmiendo en sus brazos,
bajo su suerte,
en su regazo.
En el atardecer de la mirada que regala,
de ella y por ella
se deshilan las más bellas canciones
que hablan de besos,
gozan de risas,
claman al cielo.

De entre su cuerpo y el mío,
su calor y mi frío se engalanan
y acuden a todas las fiestas.

Por ese andar gracioso
orlado en su corta falda
en ella y de ella,
en mí y en lo que de mí también es de ella
se ha cobijado una princesa
y ha edificado un cuento de hadas
donde las noches se acortan
donde la luna, acuna mi cama.

De su boca y de su corazón
una pregunta,
la antesala de la duda,
esa desazón de la espera
el romántico velo de añoranza
de buscar bailar a todas horas.

De la mía, este silencio,
una manera de entrar a ningún sitio,
de sentir sin pronunciar palabra.
El besar
con la cadencia de aquellos quince años
resbalar y encaramarme a su cuello
sin marcarla,
y llevarla en la punta de los dedos
sin papeles
y hasta a veces sin suspiros.

Y entre tanto,
¿estaré dejando secarse el aliento de su risa?
¿apagaré de nuevo el color de su mirada?
acaso;
¿no la estaré amando?
¿qué le pasó a mi léxico?
¿se me cayó por azar la mágica letra de la canción del te quiero
o tal vez estaré escondido entre las sombras de mi suerte?

Pero,
cuando busco un nombre de mujer a los cuatro vientos de mi libertad,
si he de inventar una de esas canciones,
me sumerjo en poesía,
busco entre mis oraciones,
la descubro en mi mirada,
cuando a solas la recuerdo,
desde que de nuevo mi corazón añora
se me escapa de los labios
siempre tu nombre Lola.

Pero, por más que perdiera
la palabra que define el sentimiento,
cuando te tengo, he de decirte
que algo me llena por dentro.
Y cuando estoy a solas
a este loco que siempre me acompaña

le oigo despacito
cantar tu nombre,

Lola.

J. Cruz, 2009

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