En cada estado de ánimo una flor debiera tranquilizar tu corazón y llevarlo en volandas a un cielo claro, ¡qué malos momentos ya pasaron muchas veces!, y las risas se tornaron en desesperación y luego llanto.
No sé qué puede ocurrirte, ¿serán los cuartos de la luna? Todo se presentaba en armonía con la noche serena y, sin embargo, un solo brillo redoblando la esquina y las esquirlas de tu hacha en pie de guerra.
En una especie de lamento de tus actos, debes nadar contra corriente, pues no es posible que se queme el monte con el latir de quien nada se propone, ni que río alguno se desborde de seguir en paz el camino que ha elegido, siempre sin molestar por supuesto.
Es inaudito y así me lo parece, el sinfín de desalientos que provoca tu devaneo emocional, ora de cara, ora te remato. En cualquier caso he de recordarte que hace tiempo que no me afectan tus deslices, y aunque es cierto que me causan aún asombro, ya no me siento diana de tus dardos.
Así que, mi querida señorita, siento que te desmorones en el desencuentro, pero yo, este que estuvo y que ya zarpó con su bajel rumbo de otra primavera, navega por las aguas plácidas del encuentro con la risa y, por más que rearmes y sigas siendo la más rápida del oeste, yo, este que suscribe, ya no pertenezco al guion de tu argumento.
Buenas noches.
J. Cruz, 2009
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