Los Reyes Magos

Salía despacio de esta soledad que me acompaña. Las hadas, escondidas en la algarabía festiva, escapaban de mi suerte dejando a la Santa Compaña al cuidado de mis huesos. Los cuatro jinetes cabalgaban las praderas de mis sienes, entornando la capacidad de mis sentidos. Hasta la pluma, esa que siempre me acompaña, se perdía en el intento de la suerte distanciando la ternura de mis manos. El día mostraba los primeros rayos de luz de la mañana cuando comenzaba mi noche. Paseaba por el corredor de mi destino encaminándome al descanso de otra noche de silencio; algarabía gris de esta emoción casi dormida.

A la vuelta de una esquina que encarama el andador hasta mi cama, me abordaba un vástago de más de dos metros de color azabache oscuro y un brillo en la piel digno del mismo ébano pulido, que me cortó la respiración. Con una voz similar al trueno en su timbre que atendía a la firmeza de quien dice la verdad, se dirigía a mí en tono de réplica.

—Hola, me dijo, coincidiendo con el arrebato propio de quien, para nada, esperaba tal encuentro.

—Hola, respondí con la voz anclada en la boca del estómago.

—Soy Baltasar, el negro de los Reyes Magos.

Evidentemente, la sorpresa invadía mi corazón aunque a la vez, mis ojos se avivaban en muestra de agradecimiento hacia mi suerte. Los afamados reyes de Oriente estaban en mi casa. Obviamente, por un año, el añorado velo de la gracia se permitía orlar el paso de mi estampa. El alma se me abría, dejaba escapar un halo de alegría y el resquicio de una mueca al evocar de la infancia. Busqué entre mis cosas desesperadamente con la ilusión del niño que se esconde, la muestra que me anclara a la vida, el manifiesto de que el día no era una ilusión o un mal presagio.

Recorría el oscuro pasillo cuando me encontré con los otros dos; Melchor hurgaba mi nevera mientras Gaspar, desesperado, roía las cabezas de las gambas que sobraron de la cena navideña. Sus rostros, enajenados por el hambre, denotaban la desesperación de quien rozaba la desnutrición más elocuente. Me dirigí a ellos, intentando aportar la confianza que les permitiera un poco de sosiego:

—Hola, balbuceé, con la voz de la víctima en una película de miedo.

No se molestaron en contestar, apenas respondieron con el graznido propio del lobo en su cacería.

Salí despavorido de la cocina y volví a cruzarme con Baltasar, al parecer el más tranquilo de los tres reyes que tanto me desconcertaban.

—¿Tienes un cigarro? —preguntó el moreno con voz de ultratumba, agachado bajo el arco de la puerta del salón.

—Sí, respondí con la voz muda de quien intuye un desafío.

Le ofrecí uno de mis Marlboro light mientras le indicaba con un gesto la actitud de sus compañeros en la cocina. Aquel hombre de ébano cogió mi mano y me llevó hasta el salón donde, sentados en mi viejo sofá, explicó:

—Hemos salido como todos los años, con la intención de repartir a los niños los regalos e ilusiones en atención a sus cartas y pedidos.

—¿Qué os ha pasado entonces?, pregunté.

El espigado rey de ébano argumentaba entonces su relato:

—Después de atravesar los desiertos en nuestros camellos y carruajes cargados de los citados regalos, atravesando territorios donde los seguidores del Islam llamaban a la guerra santa, llegamos a los aledaños de Marruecos. Unos rateros disfrazados de beduinos nos atracaron; se apropiaron de los carruajes y nos robaron las túnicas, los camellos y el poco dinero que llevábamos encima. Nuestros pajes fueron hechos prisioneros y nosotros, abandonados a la suerte del desierto. En nuestro caminar nos encontramos con un tratante que aseguró que podía entrarnos en España. Aquella tentativa nos pareció una buena idea aunque, después del robo, no disponíamos de dinero para pagar el viaje. Moacir, que así se llamaba el tratante, no dio importancia a nuestra falta de recursos, argumentando que tenía un trabajo para nosotros a cambio del viaje a España, una cuestión que, según él, no tenía ningún peligro.

Mi voz se manifestaba paciente ante aquel inverosímil relato que me dejaba más helado de lo que estaba pero, por otra parte, me volvía a una vida de aventuras que ya no me pertenecía.

—¿Ese viaje, se promete peligroso, no?, pregunté en voz baja.

El altísimo personaje continuó en su alocución. Yo, estaba convencido que el rey negro no tenía la más mínima intención de parar en su relato:

—Era algo peligroso, pero no teníamos más opción. El plan pasaba por dejarnos a los pies de las vallas metálicas de Melilla; nos proporcionarían unas zapatillas manipuladas de clavos en las punteras, que debían servirnos para escalar los vallados de la cerca con el fin de cruzar al otro lado, donde, nos esperaría una patera para cruzar el Mediterráneo hasta la costa de Cádiz. Una vez en la Tacita de Plata, un guía nos sacaría de la vigilancia policial y nos informaría del “trabajo” que deberíamos realizar para pagar la segunda parte de nuestro viaje hasta llegar a Valencia, ciudad donde atenderían nuestra calidad de Reyes Magos.

El viaje comenzaba en la mañana del día siguiente a nuestro encuentro con Moacir. Después de un corto sueño y una menor cena en una jaima escondida detrás de las dunas, salimos en una caravana de burros y camellos que tardó más de dos días en llegar hasta la frontera con Melilla. Una vez allí, repartieron las zapatillas de clavos y nos llamaron aparte del resto para explicarnos la primera parte del pago del viaje. No teníamos más opción, así que, uno tras otro, con los pantalones bajados, fuimos engullendo por el esfínter anal aquellas bolsitas de hachís culero que nos convertían en “mulas”, alijo de cuya venta saldría el pago de nuestro viaje.

Me llevé las manos a la cabeza; no daba crédito a tal despropósito y suerte por el que, al parecer, habrían tenido que pasar los afamados reyes de oriente.

—Evidentemente, ¡conseguisteis pasar! —exclamé.

—Escalamos las cercas, atravesamos la cortina de balas que los guardianes disparaban sin parar y llegamos a Melilla, donde unos sicarios de Moacir, nos libraron de la digestión de las bolsitas que escondíamos en nuestros estómagos. Nos acercaron un bebedizo que, en cuestión de dos horas, extrajo por completo el contenido de nuestras entrañas, no dejando el más mínimo ápice o resto en ellas, y convirtiendo nuestros esfínteres en un bebedero de patos. Acabada la extracción de la mercancía, nos ofrecieron una sopa que, según entraba por la garganta, salía por el escocido esfínter. Dormimos unas horas en la ruina de un caserón en la misma playa, hasta que, sobre las doce de la noche nos metieron en una patera que debía tener un aforo de veinte personas y en la que íbamos más de ochenta ocupantes. Después de dos horas de travesía, se acercó a la barcaza una lancha de motor en la que se subió el guía, dejándonos completamente a la suerte de las olas. La fortuna, por llamar a aquella situación de alguna manera, consintió que la corriente nos acercara a las costas de Cádiz, donde una “traiña” de pesca de sardina nos condujo hasta la playa.

Una vez en tierra, después de un escueto reparto de botellas de agua, nos llamaron aparte y explicaron el trabajo que debía costear la segunda parte de nuestro viaje. Tenían preparadas tres furgonetas cargadas con pescado de playa que deberíamos conducir hasta la ciudad levantina. Evidentemente, la mercancía pertenecía a una red de estraperlo que bajaba los precios del pescado en la lonja de Valencia, introduciendo la pesca sin control desde la costa de Gibraltar.

No tardamos en ponernos en marcha; eran casi mil kilómetros de ruta. El frío que llevaba en el cuerpo se multiplicaba en aquel recinto rodante que permitía el paso del aire por todas partes. El hambre hacía mella en nuestros cuerpos y el sueño y cansancio, no permitían la vigilia más que a golpes de pellizco. El trayecto se hacía largo y penoso de por más; hubiéramos parado a dormir un rato, si no fuera porque aquel, era un viaje trampa. Llegando a Cartagena, un destacamento de la Guardia Civil esperaba nuestro paso. Al parecer, el mismo equipo de Moacir había dado el chivatazo con el fin de echarnos la policía encima, mientras ellos aprovechaban para pasar un gran convoy de estraperlo de cocaína que escondían en camiones cargados de cajas de pescado.

La providencia divina nos ayudó entonces; saltamos el control y nos adelantamos lo suficiente para abandonar las furgonetas y perdernos entre los matorrales del bosque que atravesaba la carretera. Desde allí caminamos al cobijo de la noche, hasta que la suerte nos llevó a una vía por la que transcurría un tren de mercancías al que no costó mucho subir y que nos trajo hasta tu ciudad. Bajamos del vagón, cruzamos la calle y entramos en el primer portal que encontramos abierto. Una vez dentro, abrimos la ventana del rellano y entramos en tu casa por la puerta de la cocina que tenías abierta; el resto ya lo sabes.

Les preparé algo de comer cuando Melchor y Gaspar, consintieron salir de la dichosa nevera, calmados por la tronante voz de Baltasar. Durmieron unas horas, después de agradecer efusivamente mi ofrecimiento y, esa misma madrugada se marcharon.

La tristeza y soledad volvieron a apoderarse de los pasillos de mi casa mientras el día amanecía. Esta mañana, los Reyes Magos, los sabios de oriente, habían caído en la trama de la inmigración, el tráfico de drogas, en la lucha entre oriente y occidente, el norte y el sur; y, tal vez, los niños se habían quedado sin la ilusión que supone recibir sus regalos, aunque, aquella desilusión seguramente se mantuvo en lo ya conocido como daños colaterales…

J. Cruz, 2018

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